El viejo castillo se alzó, roca sobre roca, en lo más alto de inaccesible peñasco. Otero imponente desde donde gentes de Sancho III el Mayor de Navarra anhelaban el llano ocupado. Cuando el hielo se rinde a la primavera parece brotar agua de la piedra. Roca y agua en unión señalando el camino hacia la puerta del viejo castillo. Piedra viva junto a sillares trabajados. Pero la misma roca al fin que se doblega al tesón de este rey y sus descendientes. Aún es el año 1093.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La felicitación de Antonio Gª Omedes


INTERIOR DEL TEMPLO DESDE EL CORO

COMIENZA UN NUEVO CICLO

¡Hola Amigos!
Una vez más. Un año más. De nuevo el eterno ciclo muerte-resurrección va a comenzar.
En estas fechas se producirá el solsticio de invierno. El astro-rey se sitúa sobre el trópico de capricornio. Es el día con menos horas de luz del año.
A partir de ese momento, los días van a crecer. Las horas de luz solar irán en aumento. Es el momento en que las culturas arcaicas celebraban el regreso del Sol. De Ra.
En nuestra intrahistoria apuramos los últimos coletazos de la civilización greco-romana. La Iglesia supo desde muy pronto asumir como suyas estas celebraciones. El regreso del Sol es sincretizado con el nacimiento de Dios. Del Dios que de si mismo dice "Yo soy la Luz".
Astros que se elevan hasta alcanzar un máximo para caer y surgir de nuevo de entre las tinieblas en un ciclo contínuo.
En las pinturas procedentes de Navasa que se hallan en el recién renacido MDJ se muestra la adoración de los soberanos terrenales al Recién Nacido. Fiesta y júbilo a pesar del precario recibimiento terrenal en modo de pesebre y alojamiento en la calle.
Más tarde llegarán momentos duros. La Familia habrá de huir a Egipto.
Un nuevo ciclo nos da comienzo. Somos un ciclo más sabios. Espero.

Amist

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viernes, 26 de noviembre de 2010

miércoles, 10 de noviembre de 2010

jueves, 21 de octubre de 2010

El castillo de Loarre en el Diario del Alto Aragón


Desde hace unos días, el Diario del Alto Aragón ha tenido una idea genial: abrir a todos el acceso a su hemeroteca, desde 1875. A través de su web http://hemeroteca.diariodelaltoaragon.es/  se puede ir a cualquier fecha y consultar el diario. El día que uno nació, por ejemplo, es muy bonito comprobar lo que pasaba en esa fecha por el Alto Aragón. Estas son algunas de las paginas en relacion con el Castillo:



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domingo, 12 de septiembre de 2010

viernes, 2 de julio de 2010

De nuevo el castillo

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otra promoción en marcha donde el Castillo de Loarre aparece en la imagen principal, las fotos, los contenidos y el premio : www.huescaverde.eswww.huescaverde.es

sábado, 3 de octubre de 2009

El castillo, por Francisco Umbral, 1980


Estuve hace años viajando en grupo por el Pirineo de Huesca. Caímos, la hueste de escritores locos y pintoras delirantes, en el castillo de Loarre, que está enclavado en la roca viva. Vivimos allí una mañana eléctrica de tormenta primaveral y ruinas incendiadas. No había vuelto a Loarre y recordaba aquello como fuera del tiempo y al margen de mi vida.
Ahora he estado de nuevo por aquellas tierras y he pedido que me llevasen al castillo. Subimos en una tarde de otoño, roja y serena, fría y grande, y un viejo del campo nos decía que el castillo estaba cerrado. Llegamos allá, de todos modos, cuando el sol ponía una grandeza orfeónica en las ruinas y el incendio del crepúsculo salía por todas las ventanas. Estaba la vieja fortaleza presa de un andamiaje amarillo. Lo están construyendo todo por fuera y por dentro. La muralla y el castillo. Había un silencio de cumbres y portones cerrados. De pronto, en la ladera, la voz fina y labriega de un hombrecillo con un perro. Es el guarda del castillo, lleva aquí treinta años y se iba ya para casa, al pueblo de Loarre, hasta el día siguiente. Pero vuelve a subir el sendero, saca la enorme llave del portalón y entramos en la fortaleza. El perro, Toby, que debe estar hasta el rabo de visitantes curiosos y pedantes, se queda afuera, silencioso, mirando el crepúsculo. El castillo, por dentro, es una confusión de escaleras de piedra y corredores, de capillas y de cúpulas, de cuadras y ergástulas. Todo está en ruina y todo está en reparación. El hombrecillo enciende una cerilla en la sombra y se ilumina el siglo XII, una imagen románica. Enciende otra y se ilumina el siglo XVII, una imagen barroca. Oficio de tinieblas, el de este hombre, que nos va haciendo florecer en la oscuridad los rostros fijos de la Edad Media, los rostros cortosionados del Barroco. Lo explica todo con su voz de no saber otra cosa, y dice que la tierra es “muy secativa” y va de acá para allá.
Cuenta lo que ha aprendido de la Historia, pero ni siquiera eso queremos escuchar, sino su voz fresca de viejo aldeano, de niño milenario, y de respirar esta densidad de piedra y sombra, de tiempo y hueco. Loarre, una férrea corona para este cielo, y las almenas, y una ventana sola, vacía, en el aire, una ventana sin pared, que da al Este, para ver venir la noche.
- Estando claro, hasta allá se ve Francia.
Pero está oscuro, brumoso, lírico, y hay hierba en las almenas, sombra en lo profundo, soledad. De lo que fueran estancias, sólo queda arranque del arco, en lo alto, y un cielo desplomado. El crepúsculo, frente al castillo, es como la última batalla que desde aquí miraron. Este hombrecillo lleva muchos años paseando solo por las extensiones de la piedra, subiendo y bajando, en invierno y en verano. No ha enloquecido. Está sereno, y sonriente. La locura la llevamos con nosotros, la traemos, la locura viene, quizá, de la ciudad. Este hortelano de fantasmas, labrantín que no labra nada, ha dado en sereno de la noche de los tiempos, y mientas los otros vecinos de Loarre miran los surcos, él mira las estrellas desde las ventanas catastróficas de su castillo.
Sin literatura. Sencillamente. La roca queda engastada en la muralla como la joya en el oro. Loarre es un nombre recio, una armadura, una espada de letras. Suena como un mandoble. No son las alturas de Machupichu, éstas, pero son otras alturas a las que se remontó el hombre para hacer la guerra y el amor, para tocar el cielo con la mano, para templar su espada en las aguas rojas del crepúsculo. El viejo guarda, el guía, sigue encendiendo cerillas, y de su cerilla pobre, de cocina, surge un retablo fastuoso o una virgen antigua. El hombre, el guerrero, el que hace la historia, quiere dejar cosas fuertes, grandes, perdurables, duras, y lo que queda siempre de su pase estremecido por la vida, es un pequeño rastro, la dulzura de una cara, el color de un dibujo, la florecilla de un encaje.
Nada nos amedrenta hoy la ferocidad de Loarre. Lo más grande y militar no ha persistido. Está ruinoso y caído. En cambio, a la luz de la cerilla, las rosas de un retablo, los ojos de un niño, las mejillas de una virgen vuelven a ser vida y dulzura.
La débil perennidad del arte, sí, la callada paciencia de las cosas pequeñas. El guía tiene a la puerta un cajoncito con papeles, catálogos, cosas viejas. Volvemos al exterior. Se cierra el castillo con la llave de hierro, que es del tamaño de una trucha. Bajamos por el sendero. El perro nos espera echado. El coche tarda en arrancar. El guía se viene con nosotros y es el único que no se impacienta con la tardanza del motor. Sonríe entre las manzanas de sus pómulos. Espera. A él le daría lo mismo bajar andando. Es lo que iba a hacer cuando le encontramos. Por fin. Vamos bajando de la sobra a la sombra. Ya todo es noche y el castillo queda allá arriba, irreal otra vez, de pronto, para mí. Dejamos al viejo a la entrada del pueblo. Se va seguido de un perro, Toby, caminan despacio, cuesta arriba. El automóvil corre hacia la realidad, hacia el presente, entre la niebla del Pirineo y las luces de los escasos pueblos.
Algo tan real como un castillo, se toma irreal en cuanto uno lo abandona. Diría yo que hace otra vez mucho tiempo que no estoy en Loarre. En recuerdo de la visita de esta tarde se hace lejano por momentos. A mí que no soy historiador, ni erudito, ni arqueólogo, ni amigo de los castillos, ¿Qué es lo que me fascina de Loarre? Quizás, eso que buscaba Proust toda su vida “Un poco de tiempo en estado puro”.
Un poco de tiempo en estado puro. Tendré que volver otra vez a Loarre, y nunca sabré que es lo que busco allí. La rosa seca del vivir. La estructura seca del pasado. Un embalse de siglos. No sé. Kafka, en el castillo, buscaba el secreto, el poder, lo inexpugnable, el misterio. A mí, que no soy nada kafkiano, lo que me fascina de los castillos es lo abiertos que están, lo entregados, lo inertes, con el pasado al alcance de la mano. Todo un cinturón de piedra para guardar la castidad de una virgen románica de madera.

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